Mi abuelo Miguel
(Publicado en la revista El País, nº
1370 del 20 de octubre de 2002. Autor de la entrevista Elisa Silió.
Fotografía de Bernardo Pérez)
Miguel Delibes, uno de los grandes
escritores españoles, mantuvo durante 38 años una profunda amistad
con su editor; Josep Vergés. Su abundante correspondencia refleja
vivencias, amistades y una época que ya es historia. Un paseo por la
vida y la obra de una autor imprescindible contada por un testigo
directo, su nieta. Por Elisa Silió. Fotografía de Bernardo Pérez.

José Manuel Lara, editor de
Planeta, lo intentó muchas veces. Le ofreció facilidades, adelantos.
Pero no hubo forma de que Miguel Delibes (Valladolid, 1920), mi
abuelo, se pasase a su grupo. Por eso, cuando Planeta compró todo
Destino, donde él publicaba desde 1948, Lara le dijo con cierta
guasa: “Miguel, como no hay forma de conseguirte, he tenido que
comprar toda la editorial”. Había una poderosa razón para que mi
abuelo no abandonase Destino: Josep Vergés, ha fallecido, el hombre
que confió en él cuando era un desconocido y al que considera “el
único amigo asiduo, sincero y profundo” que hizo en los últimos 50
años. Lo afirma en la carta que pone fin a Miguel Delibes- Josep
Vergés correspondencia (1948-1986), el libro que recoge su correo
durante ese tiempo y que Destino publica el martes.
“José hacía copias de las cartas
que me mandaba y guardaba las mías”, me dice. “Hace 10 años me las
envió para hacer un libro y las desestimé”. Pero luego de dio cuenta
de que en este epistolario, en el que uno no quería dar y el otro
pedía, había algo más que “un enfrentamiento entre un rácano editor
catalán y un rácano autor castellano cargado de hijos”. Delibes con
siete niños, perdió por uno con Vergés (Palafrugell, Baix Empordá,
1910 Barcelona, 2001) en lo que con humor denominaba la “liga de los
hijos”.
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| En su
escritorio. Delibes lee una carta de Vergés en el
despacho de su casa de Valladolid. A su espalda, el
retrato de su esposa "Mujer de rojo sobre fondo gris",
del pintor Eduardo García Benito, título también de una
novela suya. |
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En 1944, mi abuelo entraba a
trabajar como redactor en el diario El Norte de Castilla, para el
que ya había hecho caricaturas. Entonces apenas escribía. Fue
Ángeles de Castro, su mujer, mi abuela, quien le metió la literatura
en la sangre. Sólo ella y sus padres sabían en 1947 que se
presentaba al Premio Nadal de la editorial Destino con su primera
novela: La sombra del ciprés es alargada. Tenía 27
años. "Estaba en la redacción y cuando vi en la cabina de los
teletipos que quedábamos tres voceé: '¡Soy finalista del Nadal'. El
director llamó al café Suizo de Barcelona, donde se reunía el
jurado, y me dijo que había ganado. Agarré la bicicleta y me fui a
contárselo a tu abuela". Se gastó las quince mil pesetas del premio
en tapar agujeros. "Para la colección Áncora y Delfín, El ciprés
era demasiado gordo y me sugirieron que suprimiera las
primeras 80 páginas. A mí no me pareció mal y lo cortaron. Eran
ellos quienes sabían de esas cosas", dice.
Los dos rácanos se
conocieron personalmente en Madrid dos años después, pero se
escribían desde que se falló el Nadal en enero de 1948. "José,
júrame que me votaste", le espetó mi abuelo muchos años después.
Había estado erróneamente convencido de lo contrario y el que le
hubiera votado demostraba su apoyo desde el principio. Las ventas
de La sombra del ciprés es alargada eran ridículas en
sus comienzos, pero escribía al editor como si se tratase de un
best seller: "Se han vendido 125 ejemplares en Valladolid, cosa
poco normal en esta ciudad, que no se distingue por su inquietud
literaria". Manuel Pombo Angulo, subdirector de Ya y
finalista del Nadal aquel año con Hospital general, difundió
la noticia de que su novela estaba agotada y no la de Delibes. Eso
le desanimó: "Pombo se portó mal. Con el tiempo dijo en una
entrevista que yo era uno de los mejores escritores de posguerra. Le
escribí para darle las gracias y le dije que era hora de poner fin
a 30 años de silencio. No me contestó".
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Con su editor Josep Vergés |
Visita a Josep Pla |
Ahora reprocha a 'La sombra del ciprés
es alargada su engolamiento y su técnica decimonónica. "Casi mejor
no haber hecho nada con 27 años que haber escrito El ciprés",
me contestó un día que me quejaba de mi inexperiencia en la vida
frente a él, que con esa edad era ganador del Nadal, catedrático de
Derecho Mercantil, periodista de El Norte de Castilla y
esperaba su segundo hijo. Rechaza también su segundo libro, Aún
es de día (1949), y opina que mejoró sensiblemente cuando
empezó a escribir como hablaba. En 1950 publicó la que para algunos
es su mejor novela, El camino, ambientada en Molledo Portolín
(Cantabria), el pueblo de su padre, Adolfo. Necesitado de dinero,
escribía lo que podía: cuentos, novelas y crónicas de fútbol que
firmaba Miguel Seco y por las que cobraba 150 pesetas.
Se presentó con Mi idolatrado
hijo Sisí en 1952 al Premio Planeta. Pero a Vergés no le dio
buena espina: "Lara en Barcelona se ha ganado fama de trapisonda e
informal, y mucha gente no quiere tratos con él. Sin embargo, es un
hecho evidente que los libros que ha publicado tienen una gran
venta". No ganó. Dudó si presentarse en 1959 con La hoja roja,
pero no lo hizo. Treinta y cinco años después, en 1994,
coincidiendo con la concesión de este galardón a Camilo José Cela,
afirmó ante la insistencia de un periodista: "En los últimos años
me han invitado a concursar varias veces, pero he declinado. Por
supuesto, siempre me han garantizado el premio, aunque como no he
ido no sé si la garantía era sólida". Lara contestó en una carta en
El País en la que confirmaba que le había animado a presentarse y
añadía: ''Ahora bien, eso de que se garantizase la obtención del
premio es una mala interpretación de lo dicho por el señor
Delibes". Ahí terminó la discusión y hoy mantienen buenas
relaciones.
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Preparando una paella con su
mujer en su jardín en Sedano. Sus hijos |
Recibió el Premio Nacional de
Literatura en 1955 con Diario de un cazador, y cada año
sacaba un título: Un novelista descubre América, Siestas con
viento sur, Diario de un emigrante, La hoja roja ... No paraba.
"Por las mañanas, clase en la Escuela de Comercio, y por la tarde y
por la noche, en la redacción de El Norte. Y a veces los fines de semana tenía que hacer las crónicas de fútbol". Sacaba
tiempo también para dar conferencias en Chile, Portugal, Italia
... y para hacer reportajes de esos viajes para la revista
Destino.
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Con su mujer,
una amiga de ella, y sus siete hijos |
Con el Premio Fundación March empezó
a construir una casa en Sedano (Burgos), pueblo en el que mi abuela
tenía familia y veraneaba antes de casarse, parecida a las que
había visto en los Andes. De madera por fuera y de estrechas
habitaciones, como camarotes, en su interior. Se les quedó pequeña
y el matrimonio pasó a vivir en una cabaña contigua. Y cuando se
avecinó la llegada de la tercera generación, la mía, compraron un
caserón antiguo del que mi abuela estaba encaprichada: La Casona.
En total tres casas en una ladera entre las que nos repartimos ahora
los 33 de familia. En Sedano pasa los veranos y caza junto a sus
hijos. Antes eran palizas de hasta 30 kilómetros de subidas y
bajadas que mi abuelo resistía sin problema, pues siempre ha sido
muy deportista, pero ahora ha abandonado esta actividad por
completo. Siempre escribía unas notas, una especie de diario de
caza que luego ha tomado forma de libros: Las perdices del
domingo, Mi último coto, etcétera.
Director de El Norte de Castilla
desde 1958, tenía constantes roces con Manuel Fraga, ministro de
Información y Turismo. "La
presión oficial, sin dar la cara, es cada día más dura. ( ... ) Ya
no hay duda, me buscan a mí. No sé dónde terminaré", le escribió a Vergés, quien también estaba perseguido. "Hoy tenemos en el
periódico otro buen lío por el chiste que acompaño. Nos veremos en
la cárcel", bromeaba mi abuelo en otra carta. Pero ninguno entró en
prisión, y en 1964, cansado, abandonó la dirección del periódico. Se
enfrenta también a la censura en sus libros de Demetrio Ramos, la
Viejecita. "Van y vienen ministros, mueren cardenales,
obispos, se tambalea el régimen, pero la Viejecita permanece
atornillada en Barcelona. ¿Qué hay que hacer para demoler a esa
pequeña hiena?", le comentaba con ironía Vergés.
"Vergés a veces se equivocaba. Tuvo
en el cajón nueve años El príncipe destronado porque no le
convencía y cuando lo editó, en 1973, arrasó", cuenta. Un trágico
accidente doméstico le hizo plantearse cambiar el final de esta
novela aunque no lo hizo. En el verano de 1964, su hijo Adolfo, de
cuatro años, derramó el aceite hirviendo de una sartén encima de él
y de su hermana Camino, de dos años. Se recuperaron, pero
apesadumbrado pensó en modificar el final de la novela y mandar a
Quico, el niño protagonista, "con los ángeles".
A los pocos meses de aquel
accidente, en el mismo
año en que se editaba Viejas historias de Castilla la Vieja, mi
abuelo viajó a Estados Unidos para impartir un curso en la
Universidad de Maryland. Recuerda que su mujer se convirtió allí en
la reina y terminó con la rigidez de los claustros de profesores.
"En la Universidad de Maryland tocó las castañuelas y aquello
adquirió una temperatura altísima". A su vuelta, cargados de puré
Maggi (aquí desconocido), les esperaban en Barajas unas 50 personas
entre hijos, hermanos y sobrinos. "A América marchó Colón / fray
Junípero después, / pero lo que armó el follón / fue La sombra del
ciprés ... ", comentaba su hermano pequeño Manolo en un divertido
epigrama.
A su hijo Adolfo, que no terminaba
de curarse de las quemaduras, le llevaron a una clínica de cirugía
plástica de Barcelona. Allí fueron acogidos con la mayor generosidad
por Vergés en su bella casa de Pedralbes, de tres plantas con
jardín, piscina y pajarera. "¿Qué vaya decir de ti? Estás tan lejos
del editor divulgado por la leyenda negra que sois dos polos
opuestos", le escribió. Mi abuelo, sin embargo, no olvida sus
discusiones por las erratas. "Resultaba inadmisible que yo quitara
en la revisión de las pruebas 10 y ellos pusieran 20 más", se
indigna todavía.
En 1966 se publicó Cinco horas con
Mario. Confiesa que en un principio Menchu, la protagonista, no era
viuda, pero que detestaba tanto que Mario fuese tan honesto que lo
mató. Como Mario, también él recibió un porrazo de un agente cuando
atravesó en bicicleta el Campo Grande una madrugada, algo prohibido.
A finales de los setenta, mi tío
Miguel, investigador de la estación biológica de Doñana, encontró
una cría de grajilla en unas ruinas y la llevó a Sedano. La
llamaron Morris. No captó la atención de mí abuelo hasta que emplumó. "Quia, quia", le chillaba, y Morris, un pájaro muy
sociable que se unía a cualquier bando de aves, acudía al reclamo y
se posaba en su hombro. Le tenia maravillado. Pero una mañana no
volvió de su paseo matutino. No la olvidó, y once años después la
convirtió en la Milana de Los santos inocentes. "¡Quia, quia, Milanaaaa!", la llamaba Paco Rabal en las famosas escenas de la
película. Pasaron más animales por La Casona: ginetas, un visón
americano, pollos de codorniz, tritones, culebras, unos garduños que
aterrorizaban a los vecinos ... y más recientemente un buitre
envenenado que vomitaba fluorescente y que acabó muriendo. Mención
especial merecen los grillos. Su padre, Adolfo, le enseñó a cazarlos
en la cuneta metiendo en sus escondites una pajita larga y fina y
haciéndoles cosquillas con paciencia. "Vaya meterme los grillos
debajo de la gorra como mi padre", dice a veces. Mi primo Diego, de
siete años, confía en que el abuelo le enseñe a cogerlos.
Los años se le pasaban sin darse
cuenta. Hasta que murió Ángeles, su mujer, su "equilibrio". El 22 de
noviembre de 1974 fallecía a los 51 años en una clínica de Madrid. "A mí me
ocurre una cosa: me parece que hemos pasado de la juventud a la
vejez no en poco tiempo, sino en una noche (en un fundido, como las
películas), que ayer todavía estábamos lidiando con Aparicio, la
Vieja (el censor), yendo a Barcelona a operar a Adolfo, y, de
repente, Ángeles ha hecho mutis y nos ha cambiado la decoración sin
enterarnos", le escribía a Vergés. Le habían diagnosticado un tumor
en la cabeza y no resistió la operación. Mi abuelo piensa que
alguien como ella no podía envejecer. Su tacto para la convivencia,
sus originales criterios sobre las cosas, su gusto delicado y su
sensibilidad hacían de ella, dice, una mujer diferente.
Pocos meses antes, en 1973, había
sido elegido miembro de
la Real Academia Española. No estaba muy convencido, pero ella
estaba entusiasmada. Cada mañana mi abuela pensaba: "¿Por qué estoy
contenta?". Y se contestaba: "¡Ah, sí, la Academia!". Se preocupaba
por el discurso, el frac... , pero murió medio año antes del acto de
ingreso en el que mi abuelo
afirmó: "Soy consciente de que con su desaparición ha muerto la
mejor mitad de mí mismo. Objetaréis, tal vez, que al faltar me el
punto de referencia mi presencia aquí esta tarde no pasa de ser un
acto gratuito, carente de sentido, y así sería si yo no estuviera
convencido de que al leer este discurso me estoy plegando a uno de
sus más fervientes deseos ... ". "Vengo pues, así, a rendir público
homenaje, precisamente en el aniversario de su nacimiento, a la
memoria de la que durante cerca de 30 años fue mi inseparable
compañera". Julián Marías tuvo también palabras hermosas para ella
en el discurso de respuesta: "Ángeles, esa mujer maternal y niña a
la vez, que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir". Vergés colocó una foto del matrimonio en la revista Destino,
y mi abuelo, emocionado, se lo agradeció: "Ella tuvo mucha parte en
lo que yo haya podido hacer, bueno o malo, y me parece equitativo
que en esta hora aparezcamos juntos".
Pero la tarea de vivir continuaba y
a sus 54 años mi abuelo tenía que ocuparse de tres hijos, de 12, 14
Y 18 años. ).
Su cuarta hija, Elisa, y su marido,
Pancho, se fueron a vivir con ellos'- Iba a ser sólo por unos meses,
pero han pasado ya casi 28 años y siguen juntos, aunque en un
dúplex. En una planta, Elisa y Pancho con sus cuatro hijos, y en la
otra, mi abuelo. Bullicio arriba y tranquilidad abajo. Por entonces,
el editor José Ortega Spottornole tentó para que dirigiera el diario
ÉL PAÍS, pero no hubo forma. Parte del dinero me ofrecían un
coto en Madrid y colegio para los niños, pero yo no me veía en la
capita!. Les dije a mis hijos: 'Mi vanidad ha sido saciada', y todos
contentos".
Tras dos años en blanco los libros:
Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo y El
disputado voto del señor Cayo. En
Extremadura conoció a un Azarías
que se orinaba las manos para que no se le agrietasen e
impresionado escribió Los santos inocentes. La publicó años más
tarde, en 1981, cuando Lara, con un suculento anticipo. le
convenció de que escribiese algo para Planeta. El editor abrió el
paquete con la obra de apenas cien folios y se quedó petrificado.
"Entró en el despacho de Borrás, su segundo de a bordo, y le dijo:
¡Rafael, creo que los santos inocentes hemos sido nosotros!". Fue
un libro de alto rendimiento para Lara y para él. En 1982 recibió el
Premio Príncipe de Asturias compartido con Gonzalo Torrente
Ballester.
Mis primeros recuerdos junto a él
son de comienzos de los ochenta. Competíamos los primos pata ver
quién cogía más judías verdes de su huerta y él como premio nos
compraba un polo. Me río pensando lo mal que cantábamos los boleros
de Los Panchos (mi abuelo incluido) cuando íbamos en verano a la
playa del Sardinero en Santander. He olvidado las reglas del
póquer que él me enseñó. Quizá porque como pagaba mis pérdidas no
había emoción. Y me vienen a la cabeza mis paseos interminables
mirando al suelo porque mi abuelo, cariñosamente, me agarraba de la
nuca con tal fuerza que me quedaba inmovilizada. Ya no tenemos
huerta y ya no le acompañamos a pescar porque dejó la caña en los
ochenta, cuando llenaron los ríos de truchas de piscifactoría.
"Míralas, parecen colegialas de uniforme. Todas iguales", comentaba.
Pero hay cosas que permanecen. Cada año se celebra un torneo de
tenis familiar y nos sigue faltando sentido del ritmo, lo que no nos
impide cantar en la entrega de
oscars
a los mejores del año en Nochebuena
o La Marsellesa
viendo el Tour. Sí se acabó el jolgorio de la era de Perico y de
Miguel Indurain cuando, en el colmo del delirio el primer año de
gloria de este último en el Tour, una pancarta en la puerta del
jardín rezaba: ¡Sedano con Miguelón!
Vergés vendió su parte de Destino
en 1986. Por entonces sus cartas eran ya menos frecuentes. Pasaron a
telefonearse y a verse de
vez en cuando en Barcelona o Madrid. Le sustituyó Andreu Teixidor,
hijo de Joan Teixidor, el otro fundador de la editorial. En 1997,
Planeta absorbió del todo Destino, y Teixidor abandonó el año pasado
la editorial. A su cargo está ahora Joaquín Palau, a quien acaba de
conocer.
Diecisiete años después de la
muerte de mi abuela, en 1991, se sintió capaz de rendirle un
homenaje literario y escribió Mujer de rojo sobre fondo gris,
un libro cuyo título reproduce el de un retrato hecho a su esposa
por el pintor Eduardo García Benito. No era Ángeles la que aparecía
en la novela, sino Ana… , pero no engañó a ningún crítico: era su
historia. De nada sirvió que guardase debajo de la cama el lienzo
para despistar. Demasiado evidente.
Mi abuela no estaba para apoyarle
en el acto de entrega del Premio Cervantes, y nervioso, con su hijo
Miguel cerca con una copia del discurso por si se le quebraba la
voz, leyó ante un paraninfo silencioso: "Antes que a conservar la
cabeza muchos años, a lo que debo aspirar ahora es a conservar la
cabeza suficiente para dar me cuenta de que estoy perdiendo la
cabeza. Y en ese mismo momento frenar; detener me al borde del
abismo y no escribir una letra más", dijo. Ahí estaba el titular
"Delibes abandona la literatura". Se armó un gran revuelo. Su amiga
Carmen Martín Gaite aseguraba: "Miguel lo dice por coquetería".
Escribió después Diario de un jubilado y He dicho,
pero el día que terminó de revisar las pruebas de El hereje,
libro que le había, costado tres largos años de trabajo, le
diagnosticaron un cáncer, se operó y no ha vuelto a escribir. Ya no
se desdobla en otros seres como el Nini o el Mochuelo como hizo
durante 50 años.
Reitera que sólo aspira a
sobrevivir. Y así es. Quizá esté mejor de lo que él piensa, pero
hace vida de enfermo. Se levanta, desayuna, pasea, contesta cartas,
come, ve los partidos más inverosímiles de la parabólica o a las
hermanas Williams, lee y cena con los mismos horarios día a día.
Tiene entre sus manos Los miserables, de Víctor Hugo, e
Iris y sus amigos, de John Bayley, pero no tiene empacho en
reconocer que sigue los pasos de Carolina de Mónaco.
El año pasado, Vergés murió en
Barcelona y él dio el pésame a su viuda e hijos en una sentida
carta: "Era para mí ese asidero seguro que todos los hombres buscan
y administran como un tesoro, conscientes de que se puede acabar.
Nunca olvidaré aquella casa de Pedro II, llena de niños que nos
recibían con los brazos abiertos. Me encuentro muy abatido. Le
seguiré pronto. De momento me siento como uno de vosotros,
incompleto y solo. Os abrazo de corazón" .•
*El libro que muestra la relación
epistolar entre Miguel Delibes y Josep Vergés, 'Correspondencia,
1948-1986', editado por Destino, se pone a la venta el próximo 22
de octubre.